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Fiesta de san Lorenzo, diácono y mártir

August 10, 2017

LITURGIA DE LA PALABRA

PRIMERA LECTURA

 

Dios ama al que da con alegría.

De la segunda carta del apóstol san Pablo a los corintios: 9, 6-10

Hermanos: Recuerden que el que poco siembra, cosecha poco, y el que mucho siembra, cosecha mucho. Cada cual dé lo que su corazón le diga y no de mala gana ni por compromiso, pues Dios ama al que da con alegría. Y poderoso es Dios para colmarlos de toda clase de favores, a fin de que, teniendo siempre todo lo necesario, puedan participar generosamente en toda obra buena. Como dice la Escritura: Repartió a manos llenas a los pobres; su justicia permanece eternamente.
Dios, que proporciona la semilla al sembrador y le da pan para comer, les proporcionará a ustedes una cosecha abundante y multiplicará los frutos de su justicia.

Palabra de Dios. Te alabamos, Señor.

 

SALMO RESPONSORIAL
Del salmo 111, 1-2. 5-6. 7-8. 9

 

R/. Dichoso el hombre honrado, que se compadece y presta.

Dichosos los que temen al Señor y aman de corazón sus mandamientos; poderosos serán sus descendientes. Dios bendice a los hijos de los buenos. R/.
Quienes, compadecidos, prestan y llevan su negocio honradamente jamás se desviarán; vivirá su recuerdo para siempre. R/.
No temerán malas noticias, puesto que en el Señor viven confiados. Firme está y sin temor su corazón, pues vencidos verán a sus contrarios. R/.
Al pobre dan limosna, obran siempre conforme a la justicia; su frente se alzará llena de gloria. R/.

 

ACLAMACIÓN ANTES DEL EVANGELIO Jn 8, 12
R/. Aleluya, aleluya.

 

El que me sigue no caminará en la oscuridad, y tendrá la luz de la vida, dice el Señor. R/.

EVANGELIO

 

El que me sirve será honrado por mi Padre.

Del santo Evangelio según san Juan: 12, 24-26

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: "Yo les aseguro que si el grano de trigo sembrado en la tierra, no muere, queda infecundo; pero si muere, producirá mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde; el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se asegura para la vida eterna.
El que quiera servirme que me siga, para que donde yo esté, también esté mi servidor. El que me sirve será honrado por mi Padre". Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.

 

 

 

San Lorenzo, diácono y mártir

 

Si el grano de trigo… muere, producirá mucho fruto. (Juan 12, 24)

 

Una semilla contiene todo el potencial necesario para crecer, madurar y dar fruto, pero no habrá vida si primero no es plantada y muere (vale decir, someterse al cambio).

El cristiano recibe la vida de un modo similar: Primero tiene que morir, es decir, ser bautizado en la muerte de Jesús, nuestro Señor. Unidos a su muerte por la fe, surge del corazón la convicción de que ya no queremos estar sometidos a la vida que heredamos de nuestros primeros padres como resultado de la caída; deseamos que se haga realidad en nosotros la gracia sacramental de nuestra muerte en el Bautismo y poder morir así a los impulsos de la naturaleza vendida al pecado.

En el Bautismo, la “semilla” ha sido plantada para que surja la vida nueva. Cuando participamos de la muerte de Jesús, también participamos de su resurrección (Romanos 6, 4). Cristo resucitó y está sentado a la derecha del Padre, por eso la nueva vida que recibimos se origina en el cielo.

El Espíritu Santo forja esta nueva vida en nosotros renovando nuestra forma de pensar, y nosotros cooperamos orando, arrepintiéndonos, recibiendo la vida en la Liturgia y los sacramentos, estudiando las Escrituras y procurando hacer la voluntad de Dios. Con el tiempo y la perseverancia, comenzamos a producir buen fruto: hacer más la voluntad de Dios y menos lo que deseamos nosotros.

San Lorenzo (m. 258), a quien recordamos hoy, fue un ejemplo de semilla que murió y resucitó para dar mucho fruto. Cuando hubo persecución en Roma durante el pontificado del Papa Sixto II (257-258), un comandante romano le ordenó entregar el tesoro de la Iglesia. Lorenzo reunió a los pobres y los presentó como el verdadero tesoro de la Iglesia. El comandante encolerizado, pensando que se burlaba de él, lo condenó a morir quemado sobre el fuego.

San Lorenzo no temió arriesgar su vida porque tenía el corazón lleno de las verdades de Dios. Probablemente a ninguno de nosotros se nos pida sufrir el martirio, pero sí estamos llamados a morir a la carne y vivir según el Espíritu.

“Señor, ayúdame a morir a mi propio yo, para que logre dar fruto para ti. Hazme instrumento de tu gracia, para que todos los que sean pobres descubran en ti una vida nueva.”

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