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Viernes de la decimoséptima semana del tiempo ordinario

August 4, 2017

Evangelio según San Mateo 13,54-58. 

 


Al llegar a su pueblo, se puso a enseñar a la gente en la sinagoga, de tal manera que todos estaban maravillados. "¿De dónde le viene, decían, esta sabiduría y ese poder de hacer milagros? 
¿No es este el hijo del carpintero? ¿Su madre no es la que llaman María? ¿Y no son hermanos suyos Santiago, José, Simón y Judas? 
¿Y acaso no viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde le vendrá todo esto?". 
Y Jesús era para ellos un motivo de tropiezo. Entonces les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo y en su familia". 
Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la falta de fe de esa gente. 

 

San Juan María Vianney, presbítero

 

Y no hizo allí muchos milagros porque aquella gente no tenía fe en él. (Mateo 13, 58)

Es común que algunos cristianos tengan dificultad para entender la fe, algo que es tan esencial para la salvación. La fe se convence de que aquello que Dios dice es absolutamente cierto y nunca exige prueba antes de creer. Basta con que lo diga Dios. Cuando Jesús hacía un milagro, era generalmente cuando la gente creía que podía hacerlo.

El Señor casi no hizo milagros entre los incrédulos, como sucedió en su pueblo. La fe es la clave que nos da acceso al poder de Dios. Lo contrario de la fe es el temor y la autosuficiencia, que nos impiden reconocer y aceptar la obra de Dios en nuestra vida.

San Pablo aprendió esto porque llegó a creer que el poder de Dios “se muestra plenamente en la debilidad.” Eso le hacía confiar en Dios y no en sí mismo ni en su propia capacidad; Jesús le enseñó que la gracia es suficiente, porque el poder de Dios llega a su perfección en la debilidad.

Cuando confiamos más en nosotros mismos y en nuestra capacidad, no dejamos lugar para la acción de Dios, a pesar de que el Señor quiere que reconozcamos que él es Dios y le obedezcamos, mientras nos conduce con amor. Pero hay muchas formas en que podemos cerrarnos a la acción divina: ¿Cuántas veces tratamos de resolver una dificultad familiar o de trabajo confiando en nuestra propia inteligencia, en lugar de pedirle a Dios que nos enseñe lo que debamos hacer?

Muchas veces dudamos de que Dios pueda hacer algo en nosotros y no le ponemos atención para que él actúe. En todo esto y en otras cosas, somos como la gente del pueblo de Jesús, que dudaba de que él pudiera hacer algo por ellos.

Es común que, sin darnos cuenta, confiemos más en nosotros mismos que en Dios. Es, pues, importante orar con frecuencia, conversar con Dios durante el día. Así podremos percibir mejor la voz del Espíritu Santo que nos va dirigiendo.

“Espíritu Santo, Señor, te pido que me hagas ver los hábitos de autosuficiencia profundamente arraigados que me impiden aceptar la obra de Dios en mi vida. Sé que Jesús puede hacer todo lo que nos ha prometido y me dispongo a recibir lo que él quiera hacer en mi vida.”

 

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34-37
Salmo 81(80), 3-6. 10-11

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