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Viernes de la sexta semana de Pascua

Evangelio según San Juan 16,20-23a. 


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 
"Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo." 
La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo. 
También ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar. 
Aquél día no me harán más preguntas."

 

San Felipe Neri

 

Explicando a sus discípulos que cuando él se fuera ellos sentirían pena y alegría, Jesús puso el ejemplo de una mujer a punto de dar a luz, que sufre grandes dolores hasta que finalmente se llena de gozo al estrechar en sus brazos al bebé que le ha nacido. Jesús les explicó que el tiempo de la pena y el dolor también pasarían y que ellos se llenarían de gozo de un modo semejante al de la madre que da a luz.

La mujer con dolores de parto tiene la atención fija en su meta inmediata; al sufrir ola tras ola de dolor se apoya nada más que en la certidumbre de que su hijo va a nacer. Esta es la forma de pensar que Jesús quería que tuvieran sus discípulos; es decir, que enfocaran toda su atención en el desenlace que tendría la época de dificultad, recordando que les había prometido que el Espíritu Santo vendría en su reemplazo; que no huyeran del lugar ni negaran todo lo que él había hecho en ellos, sino que permanecieran fieles incluso al sufrir el dolor de su partida.

Las palabras del Señor nos exhortan a aceptar también la crucifixión, a dar muerte a todo lo que se opone a su acción en nuestra vida y a morir a los resentimientos, el egoísmo y la tendencia a vivir indiferentes a la voluntad de Dios. El Señor nos pide esto, no porque quiera vernos sufrir, sino porque desea que experimentemos la bendición de confiar totalmente en su amor. Cristo sabe que si le entregamos todas nuestras situaciones, inquietudes e intereses, estaremos dispuestos a recibir la vida que él quiere darnos.

El morir a sí mismo es naturalmente difícil y doloroso, pero el sufrimiento es breve cuando se lo ofrecemos a Jesús. Si tratamos de soportarlo sin ayuda de nadie, estaremos entrando en un ciclo interminable de sufrimiento y desolación, pero si fijamos la mirada en Jesús, el autor y perfeccionador de nuestra fe, podremos soportar el dolor de la renuncia, porque no lo estaremos haciendo solos: Jesús nos acompañará en la agonía de la muerte al ego, y nos hará llegar al gozo de su gloria.

“Jesús, Señor y Salvador mío, te entrego mi corazón y pongo en ti mi confianza. Sé tú mi fortaleza y esperanza, Señor, en medio de mis pruebas y dificultades, para que mi corazón encuentre reposo en ti.”

 

Hechos 18, 9-18
Salmo 47(46), 2-7

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