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Martes de la sexta semana de Pascua

May 23, 2017

San Juan 16,5-11

 

 

 


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
"Ahora me voy al que me envió, y ninguno de ustedes me pregunta: '¿A dónde vas?'.
Pero al decirles esto, ustedes se han entristecido.
Sin embargo, les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré.
Y cuando él venga, probará al mundo dónde está el pecado, dónde está la justicia y cuál es el juicio.
El pecado está en no haber creído en mí.
La justicia, en que yo me voy al Padre y ustedes ya no me verán.
Y el juicio, en que el Príncipe de este mundo ya ha sido condenado." 

 

 

“Cuando él venga, establecerá la culpabilidad del mundo en materia de pecado, de justicia y de juicio.” (Juan 16, 8)

El Espíritu Santo de Dios fue enviado a vivir en los creyentes, a fin de que Dios pudiera usarlos para mostrar al mundo qué es el pecado y qué es la gracia. Cuando el Espíritu Santo hace que la presencia de Cristo cobre vida en nosotros, nos damos cuenta más claramente de nuestro propio pecado y de cuánto necesitamos la gracia.

A pesar de que en el mundo hay mucha oposición a Dios, el Padre desea intervenir en nuestra vida para bendecir al mundo con el amor de Cristo. Muriendo en la cruz, Jesús ha conquistado y destruido el poder del pecado, y ha ganado para toda la humanidad la posibilidad de recibir la vida eterna. Y nosotros podemos ser instrumentos del Espíritu Santo, para llevar la esperanza de la salvación a este mundo que va muriendo poco a poco. Estamos llamados a ser embajadores de Cristo, denunciar valientemente el pecado y proclamar las promesas del Evangelio.

Dios quiere hacerse presente, por medio nuestro, para que otras personas se liberen del pecado mediante la cruz de Cristo. El Señor no espera que no cometamos nunca errores, sino que procuremos de todo corazón vivir santamente para él. Cuando la cruz transforma nuestra vida, experimentamos un deseo cada vez mayor de ser uno con Cristo. Si reconocemos y rechazamos el pecado en nuestra vida, seremos buenos testigos de Jesús y, por nuestras acciones y testimonio, el Espíritu Santo le mostrará al mundo el pecado en el que se encuentra.

Ahora bien, ¿nos dejamos nosotros conducir por el Espíritu Santo para que veamos claramente el error del mundo, y por la fe en Jesús conozcamos la verdad sobre nosotros mismos?

El pecado más grande es rechazar a Cristo. Jesús salió del mundo para ir al Padre, pero dejó a sus discípulos aquí para que, llevando una vida de gracia y santidad, mostremos al mundo la realidad de que la humanidad se está alejando cada vez más de Dios por causa de su pecado. Pidamos en la oración que seamos fieles a nuestra misión de ser portadores de Cristo en el mundo.

“Señor Jesús, ayúdanos a estar conscientes de que nos has llamado a ser instrumentos tuyos, por medio de los cuales le mostrarás al mundo lo que es el pecado.”

Hechos 16, 22-34
Salmo 138(137), 1-3. 7-8
 

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