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Lunes de la sexta semana de Pascua

San Juan 15,26-27.16,1-4a. 


En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: 
«Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí. 
Y ustedes también dan testimonio, porque están conmigo desde el principio. 
Les he dicho esto para que no se escandalicen. 
Serán echados de las sinagogas, más aún, llegará la hora en que los mismos que les den muerte pensarán que tributan culto a Dios. 
Y los tratarán así porque no han conocido ni al Padre ni a mí. 
Les he advertido esto para que cuando llegue esa hora, recuerden que ya lo había dicho.»

 

 

Santa Rita de Casia

 

Jesús prometió a sus discípulos que les enviaría el “Espíritu de la verdad” para enseñarles “todas las cosas” y recordarles “todo lo que les he dicho” (Juan 15, 26; 14, 26). Sabemos que esta promesa se cumplió el día de Pentecostés, de manera que para nosotros el Espíritu Santo está ciertamente presente, viviendo en nosotros, enseñándonos las verdades de Jesús y sustentando la vida de la Iglesia.

Mediante la fe y el Bautismo, creemos que el Espíritu Santo vive en nosotros y nos enseña las verdades de Dios. Pero no se trata sólo de un maestro que nos explica externamente las cosas divinas, porque en realidad el Señor trabaja en lo más profundo de nuestro ser.

La verdad no consiste sólo en que un concepto sea correcto, sino en que sea una realidad, y la verdad de Dios es una realidad divina que tiene poder para transformarnos y gobernar nuestra vida. El Espíritu Santo, como Espíritu de la verdad, nos infunde ese poder divino, para que la Palabra de Dios no sea para nosotros sólo un mensaje inanimado, sino un poder vivo, capaz de transformarnos. Al dar testimonio de Cristo, el Espíritu de la verdad nos inspira la vida de Dios para que Cristo viva en nosotros y nosotros en él (véase Juan 14, 20).

Hemos recibido el Espíritu Santo, pero él no transforma nuestro interior a menos que nosotros cooperemos con él. Dios quiere que lo amemos libremente y que disfrutemos de su favor siendo hijos suyos. Por consiguiente, hemos de aceptar lo que el Espíritu Santo quiera hacer en nosotros, y recibir la verdad que él nos comunica, en lugar de confiar en nuestros propios razonamientos e ideas, que suelen ser contrarios a Dios.

Jesús dijo esto a sus discípulos para que supieran que tenían que buscar la presencia del Espíritu en su interior, y no dejar que los principios del mundo y sus propias ideas llegaran a dominarlos. Si así lo hacían, estarían protegidos para no desviarse; y lo mismo nos sucede a nosotros: Tenemos el Espíritu de Dios en nuestro interior y, si nos entregamos de corazón y mente a él, podremos vencer todo tipo de pruebas y tentaciones.

“Espíritu Santo, ayúdanos a aceptar con entusiasmo la voluntad de Dios y someternos a él, para su gloria, para la edificación de la Iglesia y para nuestra propia felicidad eterna.”

 

Hechos 16, 11-15
Salmo 149, 1-6. 9

 

 

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