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Sábado de la quinta semana de Pascua

San Juan 15,18-21. 


Jesús dijo a sus discípulos: 
«Si el mundo los odia, sepan que antes me ha odiado a mí. 
Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia. 
Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes; si fueron fieles a mi palabra, también serán fieles a la de ustedes. 
Pero los tratarán así a causa de mi Nombre, porque no conocen al que me envió.» 
 

 

San Bernardino de Siena

 

Para los cristianos, sufrir persecución por la fe y por propagar el Evangelio es un privilegio. Jesús dijo a sus discípulos: “Dichosos ustedes cuando la gente los insulte y los maltrate… por causa mía” (Mateo 5, 11). Pablo escribió a Timoteo: “Todos los que quieran vivir como buenos cristianos, también serán perseguidos” (2 Timoteo 3, 12). A través de toda la historia de la Iglesia, hombres y mujeres santos han sufrido diversas formas de persecución porque vivían dando testimonio del Evangelio.

Cuando Juan habla del “mundo” en este pasaje (Juan 15, 18), se refería a la corriente de la sociedad en general que no cree en Dios ni conoce su amor que se nos revela en Jesús mediante su muerte y su resurrección. El “mundo” también se refiere a la manera de vivir completamente indiferente a Dios que llevan algunos. Nuestra unión con Cristo es lo que nos separa del mundo y por fe en la muerte y la resurrección de Jesús, tenemos la vida nueva en nuestro interior y estamos llamados a vivir como Cristo lo hizo, dando testimonio de la verdad de Dios.

Así como las palabras y la vida de Jesús fueron ofensivas para muchos, nuestra vida también puede ser ofensiva para algunos, si vivimos de acuerdo con la verdad. La oscuridad del mundo odia la luz de Cristo; los del mundo se encuentran tan traumados por el pecado que la luz los encandila y el amor de Dios les repugna.

Pero no debemos desanimarnos por eso. Donde hay odio, hemos de amar como Jesús amó, incondicionalmente, hasta la muerte. Jesús amó incluso a los que lo clavaron en la cruz y le pidió al Padre que los perdonara. Así que, oremos por nuestros enemigos y perseguidores, sabiendo que llevamos el amor de Dios en el corazón.

Por eso, lo mejor que podemos hacer es alabar al Padre y darle gracias por el privilegio de conocer su amor y su misericordia por medio de su Hijo Jesucristo, y pedirle la fuerza de su Espíritu Santo para vivir como Cristo lo hizo, dando testimonio de su verdad, aunque nos encontremos con la incredulidad y el rechazo de la gente del mundo.

“Amado Jesús, haz que tu amor nos llene tanto que podamos amar incluso a los que nos desprecian y se mofan de nuestra fe. Ayúdanos, Señor, a amarlos con amor verdadero, para que ellos también lleguen a conocerte.”

 

Hechos 16, 1-10
Salmo 100(99), 1-3. 5

 

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