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Miércoles de la quinta semana de Pascua

San Juan 15,1-8.

 
Jesús dijo a sus discípulos: 
«Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el viñador. 
El corta todos mis sarmientos que no dan fruto; al que da fruto, lo poda para que dé más todavía. 
Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié. 
Permanezcan en mí, como yo permanezco en ustedes. Así como el sarmiento no puede dar fruto si no permanece en la vid, tampoco ustedes, si no permanecen en mí. 
Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí, y yo en él, da mucho fruto, porque separados de mí, nada pueden hacer. 
Pero el que no permanece en mí, es como el sarmiento que se tira y se seca; después se recoge, se arroja al fuego y arde. 
Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán. 
La gloria de mi Padre consiste en que ustedes den fruto abundante, y así sean mis discípulos.»

 

San Juan I

 

Como el Padre me ama, así los amo yo. Permanezcan en mi amor.

(Juan 15, 9)

 

Dios ama a su Hijo con amor eterno, inquebrantable y poderoso, un amor que no comenzó con la encarnación de Cristo ni terminó con su crucifixión. Jesús estuvo presente con el Padre desde toda la eternidad y es el primer objeto de su amor. Por consiguiente, cuando Jesús nos dice que nos ama como su Padre lo ama a él, su amor es el mismo amor de Dios, no limitado por el espacio ni por el tiempo, un amor eterno.

Es un amor perfecto que da todo lo que tiene, sin guardarse nada. Todo lo que el Padre es y tiene se lo ha dado a Jesús. El Padre y el Hijo son uno en ese amor. Jesús también se dio totalmente por amor, igual que el Padre. No consideró ni siquiera que ni su vida ni su cuerpo eran demasiado valiosos como para entregarse por nosotros. Asimismo, Jesús se hizo uno con su Iglesia, el Cuerpo de Cristo, algo que nos resulta incomprensible.

Es un amor tierno e inmutable, que no disminuye por los pecados reiterados o los errores frecuentes que cometemos, porque su amor supera con mucho la volubilidad de nuestro corazón, la flaqueza de nuestra fe y la imperfección de nuestro conocimiento. El amor de Dios absorbe los desatinos, la inmadurez y los muchos temores que nos asaltan, tratándolos con cariñosa compasión, plasmando y sosteniendo siempre nuestro corazón.

Cuando el amor de Jesús se hace presente en nuestro interior, derrite la frialdad, ablanda la dureza y despierta en nosotros el amor recíproco, llegando a ansiarlo de tal modo que deseamos obedecer sus mandatos y conocer más profundamente su amor maravilloso. Entonces empezamos a ver, con los ojos espirituales, que su voluntad y sus caminos son mucho mejores y más magníficos que nuestras propias ideas y deseos.

Pero el Señor nos ama no solamente para que disfrutemos de su gracia y su cariño; nos lo da para que nosotros seamos instrumentos y canales de ese amor hacia los demás, especialmente los solitarios, los abandonados, los que sufren y los desvalidos. Si lo hacemos, la luz de Cristo brillará para todos.

“Amado Jesús, aumenta en nosotros el amor y la fe, para que nuestra alabanza y adoración vayan siempre acompañadas de frutos de conversión y vida eterna, para tu mayor gloria y para nuestra salvación.”

 

Hechos 15, 7-21
Salmo 96(95), 1-3. 10

 

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