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Martes de la quinta semana de Pascua Constructores de paz

Evangelio según San Juan 14,27-31a. 


Jesús dijo a sus discípulos: 
«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡ No se inquieten ni teman ! 
Me han oído decir: 'Me voy y volveré a ustedes'. Si me amaran, se alegrarían de que vuelva junto al Padre, porque el Padre es más grande que yo. 
Les he dicho esto antes que suceda, para que cuando se cumpla, ustedes crean. 
Ya no hablaré mucho más con ustedes, porque está por llegar el Príncipe de este mundo: él nada puede hacer contra mí, 
pero es necesario que el mundo sepa que yo amo al Padre y obro como él me ha ordenado.»

 

“La paz les dejo, mi paz les doy.” (Juan 14, 27)

 

Durante todo el tiempo en que Jesús permaneció en la tierra, siempre reflejó la paz de Dios, una paz que sobrepasa todo entendimiento humano. Al principio de su ministerio, el Espíritu Santo lo condujo al desierto, donde fue sometido a tentaciones por Satanás. Los ataques del diablo fueron terribles, pero Jesús permaneció firme y fiel al amor y la verdad de su Padre.

Cristo iba a menudo a un lugar tranquilo a orar en paz y escuchar a Dios; en esos momentos tan especiales, recibía con gozo la gracia y la paz que Dios le prodigaba.

Un día, Jesús iba en la barca con los apóstoles, cuando se levantó una terrible tormenta, pero él siguió durmiendo, sin que lo molestara el tumulto (Lucas 8, 22-25). Finalmente, los apóstoles, muertos de miedo, lo despertaron. Se levantó, reprendió al viento y calmó el mar; esto les recordó que el Padre tiene pleno dominio sobre todas las cosas.

Dondequiera que iba Jesús, las multitudes se apretujaban para tocarlo y recibir sanación y liberación, pero él nunca se sintió agobiado. Más bien, continuamente acudía al Padre, confiando en su sabiduría y su fortaleza. Jesús permaneció siempre en la paz de Dios porque en todo obedecía al Padre, y actuaba sólo cuando él se lo decía.

En el corazón de Jesús no había otra cosa que amor, confianza y una total seguridad en el poder del Padre. Cuando dio su paz a sus discípulos, Jesús sabía que se acercaba la hora de la cruz; no obstante, siguió declarando la grandeza de su Padre: “Él es más que yo” (Juan 14, 28); “Me voy… al Padre” (14, 28); “Yo amo al Padre” (14, 31).

Todos pasamos por pruebas, desencantos y temores; sin embargo, Jesús nos dice: “La paz les dejo, mi paz les doy.” Incluso cuando no experimentamos dificultades particulares, Jesús continúa hablándonos de esta manera, porque siempre quiere estar presente en nuestro corazón, para llevarnos al Padre y hacernos experimentar la clase de paz que no depende de las circunstancias, sino de su amor.

“Jesús, Príncipe de la paz, ven a reinar en nuestro corazón. Recuérdanos que el amor y la misericordia del Padre son perfectos. Espíritu Santo, reafirma en nosotros la confianza en el Padre, para que sepamos vivir cada día en la paz y la presencia de la Santísima Trinidad.”

 

 

Hechos 14, 19-28
Salmo 145(144), 10-13. 21

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