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Lunes de la quinta semana de Pascua

San Juan 14,21-26. 


Jesús dijo a sus discípulos: 
«El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él". 
Judas -no el Iscariote- le dijo: "Señor, ¿por qué te vas a manifestar a nosotros y no al mundo?". 
Jesús le respondió: "El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él. 
El que no me ama no es fiel a mis palabras. La palabra que ustedes oyeron no es mía, sino del Padre que me envió. 
Yo les digo estas cosas mientras permanezco con ustedes. 
Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi Nombre, les enseñará todo y les recordará lo que les he dicho.» 

 

San Isidro Labrador

 

El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada. (Juan 14, 23)

 

Esta maravillosa promesa es para todos los que creemos en Jesús, lo amamos y procuramos obedecerle. Dios invita a los creyentes a entrar en la vida misma de la Santísima Trinidad y participar de la naturaleza de Dios.

Los discípulos tuvieron una extraordinaria relación con Cristo: él les enseñó, los consoló, les ayudó y los curó; en su presencia, ellos adquirieron sabiduría y conocimiento. Pero ahora, Jesús volvía al Padre. ¿Qué harían ellos? ¿Quién los dirigiría? ¿Quién los consolaría? Sin embargo, pese a que se iba, Jesús cuidaría a su pueblo, porque Dios enviaría al Espíritu Santo en su nombre.

En efecto, por medio de su Espíritu, Jesús comunica su amor y su vida a sus discípulos en forma continua y abundante, aunque él ya no esté físicamente entre su pueblo. El Espíritu Santo que habita en nosotros nos capacita para mantenernos unidos al Señor, porque gracias a su muerte y su resurrección, el pecado, que nos separaba del Padre, ya no tiene poder alguno sobre nosotros si lo rechazamos con verdadera decisión. Por eso, dejemos que el Espíritu Santo actúe en nuestra persona, para ser sanados y transformados a imagen y semejanza de Cristo.

Pero si queremos experimentar la acción del Espíritu Santo, tenemos que obedecer a Dios y cumplir sus mandamientos. Desde el amanecer de la historia, cuando el pecado entró al mundo, la característica más común de nuestra relación con Dios ha sido la desobediencia y no la obediencia. Jesús, en cambio, fue el justo Hijo que nos mostró el camino de la obediencia al Padre y por medio de su entrega, los humanos fuimos hechos justos.

El Espíritu Santo se da a los que se someten a Dios y le obedecen, porque la obediencia es una condición necesaria para recibirlo. Esta entrega no depende de nuestra fuerza de voluntad, sino del hecho de rendirnos a la voluntad del Altísimo, y así, cumpliendo sus mandamientos, podemos conocer la presencia de Dios y de Jesús. En efecto, si cumplimos los mandamientos, seremos capaces de experimentar la presencia del Espíritu Santo, que nos enseña y nos consuela.

“Jesús, Señor nuestro, ayúdanos por tu gracia, a ser obedientes a ti como tú obedeciste al Padre, para que el Espíritu nos llene de tu vida.”

 

Hechos 14, 5-18
Salmo 115(113), 1-4. 15-16

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