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Viernes de la cuarta semana de Pascua

San Juan 14,1-6. 


Jesús dijo a sus discípulos: 
"No se inquieten. Crean en Dios y crean también en mí. 
En la Casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho a ustedes. Yo voy a prepararles un lugar. 
Y cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré otra vez para llevarlos conmigo, a fin de que donde yo esté, estén también ustedes. 
Ya conocen el camino del lugar adonde voy". 
Tomás le dijo: "Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo vamos a conocer el camino?". 
Jesús le respondió: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí." 
 

 

Ya saben el camino para llegar al lugar a donde voy. (Juan 14, 4)

 

Tu hermano se va en un viaje de negocios, pero no dice a dónde. “Ya deberías conocerme bien para saber a dónde voy”, te dice. Evidentemente, no es conocimiento de geografía lo que tú necesitas; es conocer mejor a tu hermano, su manera de actuar y sus costumbres.

En la víspera de su muerte, Jesús les dice a sus discípulos que se va a casa de su Padre. Dice que allí hay muchos lugares donde ellos pueden vivir y, sorprendentemente, les dice que ellos ya saben cómo llegar allí, pero es fácil comprender la sorprendida reacción de los discípulos: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino?” Lo que los discípulos todavía no acaban de entender es que no necesitan un mapa para llegar a ese destino; necesitan a una persona; lo necesitan a él: su modo de vivir, las verdades que les ha enseñado durante tres años, y la vida que él entregó en sacrificio por ellos.

Son enseñanzas revolucionarias, ¿no es cierto? Claro que Jesús nos dio sus mandamientos para llevar una vida según su propio modelo, pero también los resumió en los dos mandamientos principales: amar a Dios y amar al prójimo. Si nos dedicamos a practicar estas dos cosas, todo lo demás estará bien.

¿No te parece reconfortante el hecho de que no necesitas seguir cada detalle de la ruta para llegar a tu “morada celestial”? De hecho, esa morada no está realmente lejos. Poco después de decirles a sus discípulos que él era el camino, les hizo otra promesa: “El que me ama, cumplirá mi palabra y mi Padre lo amará y vendremos a él y haremos en él nuestra morada” (Juan 14, 23). Hermano, ¡tú mismo eres la morada de Dios, él ya está en ti!

Esta es una de las grandes paradojas de la vida cristiana: mientras más tiempo pases en oración y en presencia de Jesús, más avanzarás por el camino hacia la unión con él. El camino no es una lista de prohibiciones y mandamientos que hay que cumplir; es una Persona a quien debemos amar. Y mejor aún: esta Persona te ama tanto más a ti que quiere habitar en tu corazón.

“Gracias, mi Señor y Salvador, por ofrecerme tu amor y tu vida, y gracias por mostrarme el camino hacia ti.”

 

Hechos 13, 26-33
Salmo 2, 6-11

 

 

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