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Martes de la cuarta semana de Pascua

San Juan 10,22-30.


Se celebraba entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno,
y Jesús se paseaba por el Templo, en el Pórtico de Salomón.
Los judíos lo rodearon y le preguntaron: "¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso? Si eres el Mesías, dilo abiertamente".
Jesús les respondió: "Ya se lo dije, pero ustedes no lo creen. Las obras que hago en nombre de mi Padre dan testimonio de mí,
pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas.
Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen.
Yo les doy Vida eterna: ellas no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos.
Mi Padre, que me las ha dado, es superior a todos y nadie puede arrebatar nada de las manos de mi Padre.
El Padre y yo somos una sola cosa".
 

 

“Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen.” (Juan 10, 28)

 

Cuando Jesús comparó la relación que hay entre él y sus seguidores con la que hay entre un pastor y sus ovejas, sus discípulos entendieron perfectamente lo que les quería decir. En Tierra Santa siempre se veían los rebaños de ovejas por las colinas. No había hombre, mujer o niño que no supiera que la seguridad y el bienestar de las ovejas dependía totalmente del cuidado, el valor y la atención del pastor.

Cuando enseñaba, Jesús usaba esta imagen porque conocía a sus seguidores y quería estar seguro de que supieran que él era el Pastor divino. A los que serían sus discípulos los llamaba a estar atentos a su palabra y ser obedientes, porque la vida de ellos dependería de que conocieran su voz, confiaran en su palabra y obedecieran sus mandatos sin reservas.

Es importante recordar que la promesa de esta seguridad perfecta no carece de ciertas condiciones, una de las cuales es que nosotros, que somos el rebaño del Señor, lleguemos a reconocer su voz, es decir a distinguirla de las voces de los que quieran desviarnos del camino verdadero. La capacidad de reconocer la voz del Señor se adquiere escuchándolo, pasando momentos de oración con él y familiarizándose con lo que nos dice en nuestro interior, en la proclamación de su palabra en la Misa, en la lectura personal y en las enseñanzas de la Iglesia.

La segunda condición es que obedezcamos. Nuestro deseo de obedecer sería mucho mayor si supiéramos cuáles son los peligros de la desobediencia, como el pastor mismo lo sabe. A pesar de que constantemente se nos pide recordar los peligros que amenazan nuestro bienestar, seguimos viviendo con una indiferencia sorprendente.

Por alguna razón parece que advertimos fácilmente muchos de los peligros que se ciernen sobre nuestras familias, tales como el alcoholismo, la adicción a las drogas, el adulterio y la promiscuidad sexual, pero generalmente no prestamos atención a los otros peligros que también son sumamente destructivos: el chisme, los celos, la pereza, el egoísmo, la apatía, la discordia y cosas por el estilo. Pero si nos arrepentimos y cambiamos, el Señor nos perdona y nos acoge con amor.

“Señor y Dios mío, te doy gracias por tu protección y no permitas jamás, Señor, te lo ruego, que me suelte yo de tu mano.”

 

 

Hechos 11, 19-26
Salmo 87(86), 1-7

 

 

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