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Sábado de la tercera semana de Pascua

Evangelio según San Juan 6,60-69. 


Después de oírlo, muchos de sus discípulos decían: "¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?". 
Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: "¿Esto los escandaliza? 
¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? 
El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. 
Pero hay entre ustedes algunos que no creen". En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. 
Y agregó: "Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede". 
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. 
Jesús preguntó entonces a los Doce: "¿También ustedes quieren irse?". 
Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. 
Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios". 

 

 

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.” (Juan 6, 69)

 

Padre santo, ¡qué maravilloso eres! Según tu plan soberano, escogiste a Moisés para que sacara a tu pueblo de la esclavitud en Egipto. Luego les diste maná en el desierto para alimentarlos y demostrarles que querías cuidarlos en forma concreta y efectiva (Deuteronomio 8, 3). Día tras día les diste maná como prefiguración del día en que enviarías el pan que nos daría la vida eterna. Incluso entonces, siglos antes de que sucediera, nos estabas preparando para tu Hijo, el Pan del cielo, que se daría por la vida del mundo.

Jesucristo, Señor nuestro, tú, que eres nuestra fortaleza y esperanza, nos dices a todos: “Soy yo, no tengan miedo” (Juan 6, 20). Siempre has sido el fundamento de nuestra vida, porque sostienes el universo entero en la palma de tu mano. Que tu amor perfecto, Señor, eche fuera todo temor de nosotros. Llénanos, Señor, te suplicamos, de una fe más profunda a medida que elevamos el corazón hacia ti y confiamos plenamente en tu divina misericordia.

Gracias, Salvador y Redentor nuestro, por darte a nosotros como Pan de vida (Juan 6, 35), porque ya no tenemos que vagar con hambre y sed buscando satisfacción en un mundo que jamás puede darnos una paz completa. Tú, Señor, lo conoces todo, hasta la necesidad más profunda del corazón humano y tu mano siempre está tendida hacia nosotros, siempre dispuesta a darnos de comer.

Cristo Jesús, Pan que bajaste del cielo para llevarnos al cielo (Juan 6, 41); Señor, que pusiste de lado tu corona de gloria para venir al mundo con humildad y ofrecernos una parte en tu vida eterna; tú, Señor, que incluso ahora nos das la Eucaristía para elevar nuestro corazón hacia ti, ven, Señor, a encontrarnos en la oración y en tu Palabra, para fortalecernos y derramar tu amor sobre nosotros.

Tú entregaste tu vida en la cruz por nosotros, porque jamás quisiste estar separado de tu Iglesia, tu Esposa amada. ¡Qué glorioso es tu amor! Ayúdanos a recibirlo de todo corazón, cada día más. Ayúdanos, Divino Señor, para saber recibir todos estos valiosísimos regalos que tienes para nosotros.

“Señor y Salvador nuestro, ayúdame a creer cada vez más que tú eres el pan de vida eterna, cuya presencia no disminuye ni desaparece jamás. No permitas que jamás yo me separe de ti.”

 

Hechos 9, 31-42
Salmo 116(115), 12-17

 

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