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Sábado de la segunda semana de Pascua

April 29, 2017

San Juan 6,16-21. 


Al atardecer, sus discípulos bajaron a la orilla del mar 
y se embarcaron, para dirigirse a Cafarnaún, que está en la otra orilla. Ya era de noche y Jesús aún no se había reunido con ellos. 
El mar estaba agitado, porque soplaba un fuerte viento. 
Cuando habían remado unos cinco kilómetros, vieron a Jesús acercarse a la barca caminando sobre el agua, y tuvieron miedo. 
El les dijo: "Soy yo, no teman". 
Ellos quisieron subirlo a la barca, pero esta tocó tierra en seguida en el lugar adonde iban. 

 

Santa Catalina de Siena

 

Éstos, después de haber orado, les impusieron las manos. (Hechos 6, 6).

 

Si leyéramos sólo este versículo, podríamos imaginarnos que los apóstoles estaban orando por un grupo de misioneros especiales que se preparaban para un heroico viaje misionero. Pero en realidad, a estos discípulos se les encargaba atender a un grupo que estaba desatendido en la comunidad cristiana. No iban a “salir” al mundo. Entonces, ¿qué era lo que estaba pasando?

Justo antes de su ascensión, Jesús prometió a sus discípulos que ellos iban a “recibir poder” cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos (Hechos 1, 8). Uno pensaría que esta promesa era sólo para los doce apóstoles, pero evidentemente no era así. El don del Espíritu Santo es para todos.

Tal vez parezca obvia esta afirmación, pero hay una verdad tras ella que puede desafiar la imaginación: Jesús promete el Espíritu Santo a todos los que creen en él, porque él ve a cada persona como un ser valiosísimo; nos ve a cada uno de nosotros como digno de convertirse en un instrumento de su gracia. La edad, el género, la raza, la educación, el origen, nada de eso es importante para el Señor. Cualquiera sea nuestro cometido en este mundo, el Espíritu Santo puede hacer brillar su luz a través de nosotros.

Antes de ascender al cielo, el Señor les dijo a sus discípulos que “esperaran” la venida del Espíritu Santo (Hechos 1, 4). Él tenía un plan y aún no había llegado el momento. Los siete diáconos recién nombrados para atender a las mesas eran parte del plan de Jesús, y ellos iniciaron su labor en un momento en que los apóstoles luchaban con la dificultad de la inclusión: ¿era correcto que los “helenistas” (creyentes de habla y cultura griega) fueran tratados como iguales que los “hebreos” (los de origen judío)?

Dios también tiene un plan específico para ti, querido lector, pero tal vez el tiempo no ha llegado todavía para su cumplimiento. Esto no significa que no debas hacer nada, sino que te mantengas fiel al Señor y haciendo todo lo bueno que tú sabes que debes hacer. Con el tiempo, descubrirás que eres plenamente capaz de ser un instrumento dócil en manos del Espíritu Santo y un buen testigo de Cristo.

“Gracias, Señor, por concederme el don de tu Espíritu. Gracias, también, por el plan perfecto que tienes para mí. Confío plenamente en ti.”

 

 

Salmo 33(32), 1-2. 4-5. 18-19
Juan 6, 16-21

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